Lunes siete de enero. Diez de la mañana. Un grupo numeroso de personas, sobre todo mujeres y jubilados, se agolpaban ansiosamente a las puertas del centro comercial. Era el momento más esperado de la temporada, casi más que el día de nochebuena, el día de Navidad, Reyes o cualquier otra festividad. Mucho más, qué coño, nada que ver. Era el momento de desquitarse de los obligados momentos pasados con la familia y de traducir en compulsión todas las frustraciones acumuladas de la puta navidad. La tensión se mascaba en el aire y los ojos ávidos de la clientela esperaban con concentración propia de maestro zen el pistoletazo de salida. O mejor dicho, de entrada.
Y ahí estaba ella, la Mari.
Implacable ante el frío y el tedio de la espera. Echándole el humo de su
ducados light en la cara a la mujer de al lado. Preparándose para empujarla y
apartarla del camino como un bolo de bolera (hiciera falta o no). Su fisionomía
se lo permitía y ella disfrutaba de aquella violencia gratuita. Una mujer que
había alimentado a siete pequeños hijosdeputa carne de presidio. En el barrio,
no podías cruzarte en su camino y salir bien parada. En el mercado nunca
guardaba las colas, y ay de la incauta que osara protestar: la Mari la medía de
arriba abajo y se la encaraba haciendo ver que a la mínima disidencia le
calzaba una hostia. Sus vecinos ya no se quejaban por sus gritos enajenados en mitad
de la noche y, por supuesto, en el barrio no existía la opción de llamar a la
policía, pues eso era muestra de ser un mierda y un blandengue, y todo sería
peor para tu existencia a partir de entonces. En el barrio hacía lo que se le
ponía en el coño hacer y quien había osado llevarle la contraria había
terminado mudándose a otro barrio. O al otro barrio. La Mari, despiadada, violenta,
alcohólica y curtida por los palos de la vida y de su marido (a quien hacía
tiempo que no se veía por el barrio), ya no tenía miedo (ni respeto) a nada ni
a nadie.
Había llegado su momento y no
habría nada ni nadie que se interpusiera entre ella y aquella falda de Galerías
Preciados con la que tanto tiempo llevaba fantaseando. Nadie, repito, nadie,
tendría los santos ovarios de quitarle a ella SU falda. La Mari por su falda
mataba. Y no, no es una manera de hablar…
Se abrieron las puertas del
centro comercial. La Mari, empujando a su rival, avanzó por el pasillo de la
primera planta y se abalanzó, todo lo rápido que sus pesadas piernas y ennegrecidos
pulmones le permitían, a través de la escalera mecánica que bajaba al sótano.
Ahí, bajo la tenue luz parpadeante del
fluorescente estaba hecha un guiñapo la deseada falda: el último grito de
finales de los años ochenta, su preciosa falda de estampado de leopardo que a
la modelo de Galerías le sentaba tan bien y que a ella por supuesto le
sentaría mejor. Y lo más importante: costaba sólo cien pesetas, toda una ganga.
A punto de llegar a su objetivo, confiaba en su habilidad para la lucha y la
violencia, pero no contaba con que hubiera alguien más ágil y rápida que ella. Cuando
a punto estuvo de coger la falda, esta se elevó por delante de sus narices alejándose
en las manos de aquella chica joven y rápida, haciendo que la Mari enrojeciera
de ira y de frustración.
-
Eh tú, la lista de la falda de leopardo – gritó - yo la vi primero y ya estás tardando en
dejarla donde estaba si no quieres que te reviente tu puta cara de gilipollas.
-
¿Perdona? Disculpa, pero no veo que lleve nombre
la falda, eh – Y se giró hacia la caja.
La Mari agarró de los pelos a la
chica, que no se esperaba para nada esta reacción, y le empezó a arrancar la
falda de las manos, aunque se encontró con la inesperada resistencia de alguien
que parecía ser también, literalmente, una víctima de la moda, además de estar
un poco loca (o, cuando menos, era una inconsciente). La chica esquivó el golpe
lanzado por la Mari y de repente se hizo un corro en torno a la pelea en el pasillo
central de aquella sección de la planta sótano. La falda había caído en el
centro del corro de curiosos y las rivales se miraban y giraban en círculo como
en un baile, los ojos fijos en los de la otra mujer. La falda yacía inerte en
el suelo a media distancia entre las rivales y ninguna de las dos estaba
dispuesta a renunciar a su presa. Sonaba de fondo el tema principal de El
bueno, el feo y el malo. Entonces, la chica joven se abalanzó sobre la falda y
la Mari, cegada por la ira y el poder, se lanzó contra la chica haciéndola caer
por las escaleras mecánicas, que engulleron sin piedad a la pobre víctima de la
moda (literalmente).
Se comenta últimamente por el
módulo seis, que la Mari hace sus “vis a vis” enfundada en una preciosa falda
de leopardo, último grito del final de los años ochenta, comprada en las
Galerías Preciados por el módico precio de nada más ni menos que cien pesetas,
toda una ganga. A la modelo de Galerías le sentaba muy bien, pero a ella, por
supuesto, le sentaba mucho mejor.
Me encantan tus relatos, ya estoy deseoso de leer el próximo! 😉
ResponderEliminar¡Qué rápido! Muchas gracias, Cristian 😘
EliminarFantástico!!!
ResponderEliminar¡Gracias!
EliminarMe ha encantado lo de "yacía inerte" , súper gráfico. Qué bueno Gloria, me ha gustado mucho de veras, y definitivamente, sí que se percibe la técnica ;)
ResponderEliminarJajaja, muchas gracias, majísima. Un abrazo
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