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Las cosas que amo


He amado a muchos chicos, lo merecieran o no. 

Amo la playa, sobre todo mi playa, en Almería.

Amo la música. La música auténtica, la que no pasa de moda.

Amo esos platos naranjas transparentes y viejos que me regaló en su momento mi madre. Me gustan mucho más que los nuevos comprados en Zara Home. Tienen más historia y más alma, los recuerdo desde siempre. Me dan una sensación de hogar.

Lo mismo me pasa con las retransmisiones de fútbol en la tele, no me gusta el fútbol, pero escuchar a los comentaristas a lo lejos mientras me hago la cena me reconforta, me da una sensación de hogar, porque me recuerdan a mi padre (a pesar de que, cuando vivía con ellos, cuando había fútbol me parecía un fastidio…).

Y luego amo lo típico: el olor a tierra mojada después de llover (o de asfalto mojado, también me vale). El meterme en la cama en un día frío y taparme con un pesado edredón con manta a la vez que dejo escapar un ruidillo de satisfacción (así: “hehehe…”).

Me gusta que me digan que estoy guapa, fíjate tú qué sencillita.

Me gusta cuando sucede esa rara conexión con algunas personas.

También amo acostarme en una noche de verano y dejar las cortinas corridas y las persianas subidas para poder mirar al cielo anaranjado de la noche.

Me gusta el olor a eucalipto del Camping Tau.

Me gusta mucho la palabra “cerro”. Yo no la utilizo nunca, para mí todo son montañas. Me encanta porque me recuerda a mi abuela. Igual que la palabra “tontuna”. Y la palabra “alcahuete”. Las palabras nunca son neutras.

Me gusta tumbarme en el centro de la cama, sin sábanas ni nada, en verano, y expandirme.

Me encanta  cuando lavo algo muy sucio y sale la mierda de una manera muy obvia e instantánea. Creo que en esos momentos mi cerebro libera dopamina…

Amo la espaldita de mi sobrina (y a toda ella, mi niña querida). Y su vocecita preciosa.

Me encanta la pizza Buitoni, a veces me como una entera yo solita.

Me gusta pasear por la noche desde la calle Embajadores en Madrid hasta Cibeles, callejeando. Cuando ya hay menos gente. En verano.

Me encanta el portugués de Brasil, cuando escucho a un brasileño hablar, le daría un abrazo (bueno, esto me pasa mucho con los acentos que para mí son especiales…).

Me gustaba mucho una “half a pint with a malt of the month”. Un gran hallazgo. Me gustaba también el Spar de en frente de mi “casa” en Glasgow. Me parecía una especie de refugio para el extranjero solitario. Para mí también era un poco hogar la costumbre de comer los jueves a medio día en el Subway de Argyle Street.

Me encantan los cines Golem en la calle Martín de los Heros. Han sido para mí, en cierta forma, mi “Cinema Paradiso” particular.

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