Esta noche he hecho el ejercicio morboso y un tanto patético de cotillear el perfil de Instagram de un tipo con el que me lié hace tiempo, a quien por alguna razón esta red social me ha ofrecido seguir. Él hace tiempo que no forma parte de mis contactos... pero se ve que, para las redes sociales, esa relación no morirá nunca, aunque en la vida real nació y murió en menos de veinticuatro horas...
Y la verdad... estoy contenta de haberlo hecho. Es curioso cómo lo que publicas en una red social ya está diciendo cosas de ti. O más bien, de lo que tú quieres contar de ti. De tu narrativa vital. Eso que se supone que te hace único (pero no). No te hace más que una copia (múltiples veces copiada) de un producto de marketing, mezcla camiseta del Che y anuncio de coche (¡qué contradicción!). Ahh, la libertad.
Has viajado mucho. Te ha dado el aire. Pones citas de Bukowski (sí, ese señor al que admiré pero que ahora me parece que tiene un toque de despreciable). Eres, todo tú, un producto de marketing. No hay más que ver la ridícula y engolada frase que encabeza tu perfil: "¿Cuántas vidas caben en una semana?" (¿dónde está el emoticono del vómito?). Anuncio de coche de nuevo. Anhelo desesperado del reconocimiento ajeno. Y es ahí donde conecto contigo y me digo a mí misma que, desde luego, no quiero ser como tú. Puro ego (el post polvo más desagradable de toda mi vida). Fotos de niños indios de la casta baja. De nuevo, puro marketing (a mí no me engañas). Ausencia de corazón (eres un tópico andante).
Me da mucha alegría haber descubierto tu verdadera esencia (en menos de veinticuatro horas). Es un regalo al que quizás tus doscientos y pico followers no tendrán la suerte de acceder...
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