"PUTA", "ZORRA" y otras palabras del estilo, junto a rayajos que tenían la motivación de destruir (y, como al menos pensé yo entonces, de destruirme), fueron las palabras con las que me encontré al abrir mi carpeta, de la cual me había olvidado el día anterior en clase (craso error...).
Fue el castigo que se me imponía por haber roto lo que yo llamo "la Ley del Silencio de la E.G.B.", aunque justo acabábamos de entrar en el instituto.
Mi intención no era romper aquella "ley del silencio". Mi intención era conseguir un ambiente tranquilo en el que yo pudiera estudiar. Pero aquella situación me parecía humillante, y lo que ya me pareció el puto colmo fue que aquella mierda tuviera que llegar a oídos de una persona importante para mí, que también iba al instituto, y a quien esta historia pareció también hacerle un poco de gracia (parece ser que le hacía gracia a todo el mundo menos a mí). Esto terminaba con la posibilidad de mantener este asunto fuera de la esfera de mi vida privada.
Me olvidé la carpeta y alguien que iba a refuerzo de matemáticas por la tarde (sé muy bien quiénes fueron) aprovechó mi olvido para vengarse de mí a través de mi carpeta.
"¡TÍA BUENA!", me gritaban cuando yo entraba en la clase, o cuando los profesores se iban, o cuando yo estaba de buen rollo y querían jodérmelo.
"TÍA BUENA!", me decían en una época en la que yo no me veía como tal y además sabía que ellos, por supuesto, no me veían como tal. Lo hacían, obviamente, para burlarse de mí. Haciéndome sentir la mujer menos deseable del mundo, en una época en la que quería soñar. Me sentía una "NO MUJER".
Así que un día me quedé a hablar con mi tutora, la profesora de Biología, a quien nunca le estaré lo suficientemente agradecida, y le pedí que me cambiase a la clase de los que hacían Religión (nosotros hacíamos Ética, y era la mejor manera que se me ocurrió para alejarme de los cabrones que me habían acosado durante la E.G.B. y, por lo que se veía, también en la primera parte de primero de B.U.P.).
Pero la profesora no debió de comprender aquel acceso de espiritualidad repentina y quiso saber la verdadera motivación de mi cambio. Yo me resistí un tiempo a contar la verdad, por la ya mencionada "ley del silencio", pero finalmente acabé diciendo quién, qué y cómo (experiencia nuevamente humillante, ya que a la profesora también pareció hacerle un poco de gracia, aunque se reprimió...).
Después de aquella conversación cesó el acoso, aunque pocos días más tarde me encontré la carpeta en las condiciones que os he explicado antes.
Hace unos pocos meses salió en el telediario una noticia contando que unas estudiantes de un instituto se habían puesto en huelga para reivindicar que se expulsara el machismo de las aulas y, por supuesto, de los patios de los colegios. Mi padre lo juzgó como algo que no tenía mucho sentido, como un producto de la "moda" de subirse al carro del feminismo, pues piensa que el acoso escolar está feo en cualquier caso. Y claro que lo es. También está feo acosar a alguien llamándole "maricón".
Yo pienso que cuando una sociedad ve como normal que los hombres hagan juicios públicos sobre si estás buena o dejas de estarlo (y, creedme, que estos juicios gratuitos no he dejado de encontrármelos a lo largo de mi vida), sí es una cuestión educativa, sociológica, es decir, de feminismo.
Creo que cuando le conté esta historia a mi padre le acerqué un poco más a mi postura, o, por lo menos, a comprender la reivindicación de aquellas chicas.
¿Queréis saber qué hice cuando me encontré mi carpeta en aquel estado?
Obviamente, sentí una puñalada de nuevo. Disimulé mi malestar y no me "chivé". Decidí aprovechar aquella adversidad para crear algo mejor: Me llevé la carpeta a mi casa y la llené con las fotos de mis ídolos, mi dibujo de Queen, papeles con poemas, escritos o citas, las llené con todo lo que amaba y pasé a tener una flamante preciosa carpeta nueva, que fue el germen de muchas conversaciones interesantes de adolescencia y, por supuesto, de unas cuantas buenas amistades.
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