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Historias de Tokio

En estos días de estudio espartano, soledad confinada, amantes que no aman y ausencia de mar; en estos días en que me siento un poco “Eleanor Rigby”, me reconforta mucho ver una serie de Netflix que yo diría que se sale bastante de la cultura dominante. Es una serie japonesa de 2016 que se llama “La cantina de medianoche”. Esa cabecera con imágenes de Tokio visto desde arriba y música nostálgica, esa presentación con la voz del personaje principal, el dueño del bar, me han atrapado desde el principio. En el contexto de la cantina se presentan las historias de todo tipo de personajes de la vida: una oficinista que teje jerséis para los hombres de los que se enamora, un actor porno que guarda una carta de una actriz porno con la que actuó hace veintitrés años, un hombre que encuentra a su hermanastro después de casi una vida entera de haberle perdido la pista… Todas estas historias están contadas en torno a un plato, en cada capítulo un plato diferente, que de alguna manera vehicula las historias y comienza a darles forma… No sé por qué, pero creo que la serie me llamó la atención por dos razones: una, una cantina que abre de doce de la medianoche a siete de la mañana y con un camarero tan acogedor me parece el típico hogar fuera del hogar que las personas que pasamos mucho tiempo solas agradecemos encontrar en nuestro camino. La otra: siempre me ha llamado poderosamente la atención esa idea de la creación a partir de un objeto sencillo, como puede ser un bar con sus clientes o un plato de comida. Es la creación de la vida y de dinámicas entre los personajes a través de estos elementos sencillos lo que me parece algo grandioso. Me gusta mucho la figura del personaje principal, el dueño del bar, una persona con una existencia en cierta forma solitaria pero entregada a los demás, una persona que quiere a la gente y es querido por ella, todo de una manera tranquila y cotidiana. Me quedo, entre otras cosas, con  ese fotograma de él, en un balcón en una callejuela de Tokio, plagada de cables del teléfono y de la luz, fumando con la mirada perdida a lo lejos. Los personajes son entrañables y conmovedores y hacen que por un momento… me sienta en casa.  


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