Hoy, 11 de agosto de 2020, cuando hago el enésimo intento de
ponerme a trabajar, pongo de fondo la música de Erik Satie, que le viene como
anillo al dedo a esta tarde lluviosa y para mí algo nostálgica. Una tarde en
que necesito cuidar de mí misma.
Y me vienen recuerdos que tengo claramente asociados a esta
música. El primero, cuando estuve con aquel chico sin el cual pensé que la
primavera no tenía ya sentido para mí. Él me la enseñó y recuerdo haber llorado
aquella vez que la escuchamos juntos. Una vez pensé que este chico podía
haberme querido, y quizá a su manera lo hizo, pero después me hirió al no
apoyarme y mostrar en su comportamiento resquicios del más rancio patriarcado.
Finalmente, comprendí que las cosas estaban bien tal y como terminaron. Sin
embargo, no pude volver a escuchar esta música hasta varios años después, en
concreto, cinco años después…
…en
2012, año en que trabajé para aquella asociación como orientadora laboral. Me
tocó crear el taller de relajación y decidí utilizar este tema de Satie que a
mí me parecía infalible. Los usuarios respondieron bien (al principio hubieron
unas cuantas risillas provocadas por la rareza de una situación desconocida
para muchos de ellos), parecieron relajarse y estar a gusto, y a mí me
devolvieron el privilegio de poder volver a escuchar semejante obra de arte
asociada a un recuerdo precioso.
Finalmente, años más tarde, tengo el recuerdo de estar con
mi sobrina de unos dos años en mi habitación, que se puso a llorar de repente
al escuchar esta música (también llora, parece ser, cuando escucha el Claro de
luna de Chopin, es un ser muy sensible mi sobrina). Le pregunté que qué pasaba,
si era por la música y si quería que la quitase, y me dijo que sí haciendo
pucheritos, qué lástima. Creo que se lo cambié por Bob Marley, que a ella
siempre le ha gustado mucho.
Y esta es mi historia personal con esta canción, una música
que ha sido capaz de provocar grandes emociones en mí y que lo seguirá
haciendo, por suerte.
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