EL
TALLER DE ASERTIVIDAD
Hoy me ha venido a la mente una
historia que me alegra a la vez que me apena un poco… Me apena porque me hace
recordar la escasez de herramientas personales y profesionales con las que sentía
yo que contaba en aquel trabajo, por decirlo de alguna manera, y me alegra
porque de vez en cuando en este mundo podemos experimentar un destello de
justicia que nos hace sonreír…
Por aquella época trabajaba yo
en una asociación (en la cual pasé momentos muy felices que nunca voy a
olvidar, pero por la cual, a la vez, me sentí en cierto modo traicionada; pero
eso es otra historia que ahora no viene a cuento). Pues bien, en esta
asociación procurábamos ayudar a la inserción laboral de personas con
diversidad funcional intelectual y mi trabajo consistía en darles clases
prácticas del trabajo que iban a desempeñar y hacer un poco de orientación laboral,
como por ejemplo, enseñarles a hacer un Currículum Vítae o mejorar sus habilidades
sociales. Esta última parte me gustaba porque se escuchaban muchas historias de
vida, si confiaban en ti (creo que lo hacían), pero era de los talleres que más
insegura me hacían sentir, puesto que yo siempre he pensado que la que
necesitaba más esos talleres para mejorar sus habilidades era yo…
Pues bien, aquel día no recuerdo
muy bien cómo introduje la actividad, pero tras una breve introducción teórica
les invité a hablar de situaciones en las que ellos no se hubieran sentido
cómodos con la manera en que alguien les había tratado y cómo habían actuado y,
sobre todo, cómo se habían sentido. La verdad es que aquel día estuve muy a
gusto con ellos, participaron mucho en la actividad y creo que fue un buen
momento para todos. Por desgracia, muchos de ellos contaban historias del acoso
escolar del que habían sido objeto. Después de empatizar con ellos (estuviera
bien o no, les llegué a decir, que si les servía de consuelo, también a mí me
habían acosado mis compañeros en
clase, cuando era pequeña), traté de mostrarles algunas pautas sencillas para
ser más asertivos en ese tipo de situaciones, siempre tratando de “predicar” la
palabra de la no violencia. Pues bien, llegó el turno de Andrés[1],
y me jodió el invento…
Aquel chico era la típica
persona a la que tienes que querer necesariamente, era amable, sonriente y muy
simpático…y sobre todo, parecía una persona pacífica. También llevaba una
historia de acoso escolar a sus espaldas. Pero él contaba su historia con un
tono y un ritmo diferentes a los de sus compañeros:
-
Yo tenía un compañero del colegio que todos los
días venía y me quitaba las cosas, las tiraba al suelo, y a mí me insultaba, me
llamaba “subnormal”…
-
Entiendo… Debió de ser duro para ti, ¿no? ¿Cómo
te sentías?
-
Me sentía muy mal, triste.
-
¿Y cómo solías reaccionar cuando esta persona
actuaba así contigo?
-
Normalmente no decía nada, pero un día…
-
¿Qué pasó?
-
¡QUE LE COGÍ DEL CUELLO DE LA CAMISETA Y LE
EMPECÉ A PEGAR UN MONTÓN DE PUÑETAZOS EN EL SUELO! ¡Y DESDE ENTONCES, NO ME
VOLVIÓ A INSULTAR EN LA VIDA!
La clase estalló en un estruendo
de risas y aplausos y yo, por dentro, me sentía muy feliz también con aquella
historia que contó, que, a mi modo de ver, supuso una especie de pequeña reparación
para todos los que alguna vez habíamos sufrido el abuso escolar… fue GRANDIOSO.
Fue como ver una peli de Chuck Norris o Clint Eastwood, en las que el malo
siempre muere y el bueno siempre tiene una palabra ingeniosa. Y a la vez… todas
mis teorías acerca de la asertividad, la no violencia y bla bla bla… se fueron
de un plumazo a tomar por el culo… y no supe remontar la clase a partir de ahí.
Por suerte, aunque yo no lo
comprendiera en aquel momento, con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de
que no importaba tanto el contenido de la clase (que también), sino la vivencia
de la propia clase y el buen rato que allí pudieran pasar los usuarios, a la
vez que el aprendizaje para la convivencia. Sin más. Reconozco que estaba un
poco obsesionada con mis teorías sobre qué enseñar y cómo enseñar como para
darme cuenta…
En fin, que aquel día creo que
no conseguí transmitir ni tan siquiera un poso del arte de la asertividad, pero
aquel día fue más curativo para todos nosotros, sólo por las risas y la
sensación de acariciar por un momento un mundo más justo, que cien clases magistrales de asertividad...
Me ha encantado!
ResponderEliminarAy, ¡cómo me alegro! Muchísimas gracias por leerme, realmente lo aprecio. ¡Un abrazo!
ResponderEliminar